Parece difícil no pensar en grandes directores como John Ford, Alfred Hitchcock o Willy Wilder sin nombrar a aquellos que dieron vida a sus ideas; se llamen John Wayne, James Stewart o Jack Lemmon. Y aún parece más improbable que en los años venideros no se ligue el nombre de Martin Scorsese, no solo a Robert De Niro, sino también a Leonardo Di Caprio. Sin llegar a la altura de la simbiosis con De Niro, protagonista de 18 de sus largometrajes, Scorsese ha encontrado en Di Caprio un brillante camino para reencontrarse a sí mismo en su segundo advenimiento. El director neowyorkino nunca dejó de ser brillante pero desde finales de los ochenta había dejado a un lado la excelencia, sin contar, claro está, con rayos de luz como Casino. Gracias a su asociación con De Niro, no solo descubrimos uno de los mejores talentos interpretativos de la historia del cine, sino a un director capaz de aunar a crítica y público. De Malas Calles, su primera colaboración con De Niro, a Toro Salvaje y Taxi Driver. Los años ochenta fueron dominados por directores únicos, con un lenguaje cinematográfico propio impregnado en el cine más mainstream y entrando por la puerta grande de la cultura pop.



