Hace casi diez años, el músico Tom Waits declaraba en el New
York Times que la clave del éxito de su colega Jim Jarmusch residía en el hecho
de tener el pelo completamente cano desde los 15 años. Poseer tal anomalía en una edad tan complicada, le hizo
sentir como un inmigrante dentro del mundo
adolescente, además nunca le fue difícil empatizar con lo extranjero
teniendo en cuenta su origen europeo, ya que es de ascendencia irlandesa,
alemana y checa. Continuaba Waits diciendo que Jarmusch ha sido un inmigrante
desde entonces y que “todas sus películas
son sobre eso”. Desde sus inicios,
la inmigración y la incomprensión que rodea la figura del extranjero, del outsider, se configuraron como el leit motiv de toda su filmografía, ya
sea mediante el relato homérico de Eva en “Extraños
en el paraíso” o a través de la convergencia del relato de los outsiders que se dan cita en Memphis en
“Mistery Train”. Fue precisamente “Extraños en el paraíso”, su ópera prima, el
filme a partir del cual fraguaría su fama como exponente del cine independiente
norteamericano tras sacarla adelante en apenas 18 días y con un equipo mínimo
de ocho técnicos y tres actores. La
película, rodada en blanco y negro, sirvió de precedente para otra de las
llamadas películas de culto del director de Ohio: “Down by law”, traducida en
España como “Bajo el peso de la ley”.
En aquella película,
de hermosa factura y de evocación godardiana, descubrió para muchos al ya popular
en Europa Roberto Benigni, con quien Jarmusch repitiría años después en el
hilarante fragmento del taxi de “Noche en la tierra”. “Down by law” vuelve a
reincidir en la crítica al superfluo
sueño americano, inalcanzable objeto de deseo de su protagonista Roberto
(Roberto Benigni), quien comparte celda de castigo con un músico y un
delincuente de poca monta. En aquella celda se concentra una de las obsesiones
de Jarmusch; la sensación de vacío existencial de sus personajes. Es costumbre
para Jarmusch someter a sus protagonistas a situaciones extremas donde tengan
que acabar haciendo balance, de una u otra forma, de su pasado y su futuro
mediante su caótico presente. El fin del
anárquico matrimonio de Joe Strummer en “Mistery Train”, la deserción de Johnnie
Deep en “Dead Man” y la pérdida de valores que contempla el sicario
protagonizado por Forrest Whitaker en “Ghost Dog”, no son más que un punto de
inflexión, un momento de pausa en el que los personajes de Jarmusch deben hacer
compendio de lo logrado hasta entonces y mirar desafiantes a un futuro
incierto. Ya sea mediante la embriaguez de Strummer, la psicodelia del viaje
emprendido por Deep o el furor asesino de Whitaker, el héroe de Jarmusch
utiliza sus adversas circunstancias como medio de mutación y progreso personal.
No obstante, ninguno de sus actores ha sabido expresar la filosofía de Jarmusch
de manera tan fidedigna como lo hiciera Bill Murray en “Flores Rotas”, quizás
la obra culmen del cineasta.
Murray interpreta a
un moderno Don Juan que, un buen día, recibe una carta anónima que le informa
de que tiene un hijo ilegítimo desde hace ya varios años. Bajo este simple
pretexto, Murray abandona el hogar para visitar, una a una, a todas las amantes
del pasado para acabar descubriendo, muy a su pesar, la oquedad y la
trivialidad de su vida. Parece no haber mucho que contar, el guion no pasa de
aceptable, pero lo que hace a este filme alcanzar la trascendencia es la
brillante interpretación de Bill Murray, capaz de transmitir de manera
brillante las tribulaciones de la figura del outsider típica de Jarmusch, sobre el que ya había trabajado un
puñado de veces, y de mostrar aquella afirmación de Jean Luc Godard, que
también reiteró en algún momento el propio Jarmusch, de que lo importante no es
lo qué cuentas, en este caso la anodina historia de un Casanova venido a menos,
sino cómo lo cuentas. Y aquí es donde “Flores Rotas” logró sumir la historia
del Don Juan bajo una gran filosofía.
Esa sensación,
propia del inmigrante, de no pertenencia al mundo en el que se vive, ha sido
piedra angular en cada uno de los filmes de Jarmush, quien con su nuevo filme,
“Only lovers left alive”, ha sido capaz de aunar las dos temáticas que han
marcado la filmografía del cineasta: música e inmigración. No hay que olvidar que
Jarmusch es miembro de la banda Sqürl, que actuó durante la pasada edición del
Primavera Sound, y que es amigo íntimo de los músicos Tom Waits e Iggy Pop,
actores habituales en las películas de Jarmusch y miembros todos ellos de la
sociedad “semi-secreta” de Los hijos de Lee Marvin, cuyo único requisito es
tener algún parecido físico con el carismático actor que dio vida al pistolero
Liberty Valance.

La aparición de
Marlowe entraña una crítica escondida
acerca de la moral del autor, ya que muchos estudiosos y críticos literarios
adjudican al dramaturgo inglés gran parte de la producción literaria de William
Shakespeare -es lo que se conoce como la teoría Marlowe-. Jarmusch, en sus
Reglas de Oro del Cine, subrayaba el hecho de que nada es original y defiende
la legalidad del autor de “robar” de cualquier sitio que a este le inspirara
las cosas que “hablen directamente a tu alma”, consiguiendo así un trabajo auténtico. Marlowe, en el cenit de su existencia, hace
compendio de su vida, lamentando las oportunidades perdidas al igual que Adam,
y preguntándose por aquellas cosas que merecen de verdad que la existencia
valga la pena. Solo Jarmusch podría
exprimir tanta filosofía de lo que puede parecer una vulgar historia de
vampiros melancólicos, pedantes y en ocasiones superficiales eso sí. Durante
toda su carrera ha tocado todos los géneros, desde la road movie hasta el
western, pero siempre poniendo de relieve su sello, el de la trágica
tribulación acerca de la existencia del yo.
«Nada es original. Roba de cualquier lado que resuene con inspiración o que impulse tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones aleatorias, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, masas de agua, luces y sombras. Selecciona sólo cosas para robar que hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu trabajo (y robo) será auténtico. La autenticidad es incalculable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en ocultar tu robo, celébralo si tienes ganas. En cualquier caso, siempre recuerda lo que dijo Jean-Luc Godard “No es de donde sacas las cosas, es en donde las pones.”»
«Nada es original. Roba de cualquier lado que resuene con inspiración o que impulse tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones aleatorias, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, masas de agua, luces y sombras. Selecciona sólo cosas para robar que hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu trabajo (y robo) será auténtico. La autenticidad es incalculable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en ocultar tu robo, celébralo si tienes ganas. En cualquier caso, siempre recuerda lo que dijo Jean-Luc Godard “No es de donde sacas las cosas, es en donde las pones.”»
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